Cuando nacieron sus hijos, en plena transición española, Valentín Pérez se encontró con una realidad que hoy parece difícil de imaginar. Había poca información, escasos recursos y muchas preguntas sin respuesta. Casi cincuenta años después, sigue recordando aquellos días con una mezcla de dureza y serenidad. Porque, mientras sacaba adelante a su familia, también contribuyó a poner los cimientos de lo que acabaría siendo AFANDEM.
Habla de aquellos años con una gran honestidad. Recuerda que sus hijos se llevaban muy bien desde el principio, pero también que los inicios estuvieron marcados por la incertidumbre. “Lo vivíamos muy mal, ni los médicos sabían qué ‘enfermedad’ era”. Esa incertidumbre marcó a muchas familias y explica por qué AFANDEM se convirtió en un refugio para muchas de ellas.
Su memoria vuelve a la habitación de la Calle Badajoz, en Móstoles, donde apenas podían moverse y donde todo era precario. Pero allí comenzó algo importante: un grupo de padres y madres se reunía para buscar una vida mejor para sus hijos. Lo recuerda diciendo que ahí buscaban lo mejor, para que pudieran ser más felices. En ese pequeño espacio nació una comunidad que empezaba a organizarse, a reclamar derechos que parecían inalcanzables y a apoyarse mutuamente.
Valentín siempre estuvo dispuesto a ayudar. La lucha se libraba en reuniones, en manifestaciones y en pequeños gestos que permitían sostener el proyecto. “Yo me iba a hacer lo que hacía falta”, cuenta. Era el mejor vendiendo lotería, una tarea que entonces era esencial para recaudar fondos y mantener viva la asociación. Aquellos años fueron de lucha y de esfuerzo colectivo con un mismo fin. “Todo ha cambiado bastante”, confiesa.
Una vida que explica cómo nació y creció AFANDEM
Entre las anécdotas que guarda, hay una que muestra cómo se vivía la discapacidad en esos primeros tiempos. “Que las personas con discapacidad hicieran ‘cositas’ ya era mucho”, una frase que refleja cómo las expectativas sobre las personas con discapacidad eran muy limitadas, y cualquier avance considerado un logro extraordinario. La Atención Temprana, que hoy es un derecho consolidado, estaba echando a andar. Valentín lo recuerda con claridad. Menciona que “la Atención Temprana tenía antes, solo, una habitación para ellos”, una imagen que contrasta con la profesionalización actual. AFANDEM era una pequeña asociación que estaba empezando y que fue prosperando con los años, creciendo al ritmo de las necesidades de las familias.
Valentín también estuvo en las manifestaciones reclamando Parque Coimbra y exigiendo recursos para sus hijos. Lo recuerda como una época de lucha constante, de voces en la calle y de una reivindicación que no se apagaba. “Dábamos voces y chillamos para reclamar lo que queríamos, que era tener algo para nuestros hijos”, comenta. Cuando por fin llegaron los primeros avances, sintió algo parecido a un alivio. “Ahora sientes que ya tenemos algo para nuestros hijos, pero nos gustaría que tuviesen más todavía”, reclama.
Su compromiso hacia las personas con discapacidad fue tan grande que hoy mira atrás y afirma que “después de todo el apoyo que hemos dado sería un fracaso que no hubiésemos seguido”. También guarda un agradecimiento profundo hacia su ciudad. “Me gustaría agradecer al pueblo de Móstoles todo el apoyo que nos han dado”, afirma con una enorme gratitud hacía un pueblo que siempre ha ayudado en lo que ha podido.
El futuro, para él, sigue siendo un camino abierto. Le gustaría que los centros de AMÁS tuviesen más personal para atender mejor a las personas y desea que las nuevas generaciones sigan trabajando en lo que necesitan sus hijos. También reconoce que todo se ha profesionalizado mucho y que “la gente está más concienciada” con las personas con discapacidad intelectual.
Valentín ha visto evolucionar AFANDEM desde una habitación pequeña hasta convertirse en parte de AMÁS. Ha sido testigo de cómo crecían los apoyos, se ampliaban los recursos y cambiaba la mirada de las personas con discapacidad intelectual. Cuando piensa en todo lo que han conseguido, lo hace con una mezcla de orgullo y esperanza. Su historia de lucha, esfuerzo y sacrificio es una de esas que explican por qué este movimiento sigue vivo cincuenta años después bajo el paraguas de Fundación AMÁS.