En 1977, en plena transición española, un grupo de familias de Móstoles empezó a levantar un proyecto que entonces era pequeño y frágil, pero urgente y necesario. Entre ellas estaba Jesús Guerrero, conocido como ‘Chuchi’, que recuerda aquellos días como un tiempo en el que todo se hacía por necesidad y por amor.
Su hijo, nacido en 1974 con una discapacidad intelectual, si bien en aquellos años se denominaba subnormalidad, les llevó a buscar un lugar donde no sentirse solos. Así encontraron AFANDEM, que instalada en un local de la Calle Badajoz junto al antiguo Cine Jayto, en Móstoles, se convirtió en el primer refugio de la entidad. Allí, entre armarios construidos por los propios padres y puertas colocadas a mano, Chuchi recuerda que “se hacía lo que se podía, todo el mundo lo hacía voluntariamente y por ayudar”, una frase que todavía hoy resume el espíritu de aquellos inicios.
Su memoria le lleva a la entonces la Calle Simón Hernández esquina con la Calle Carlos V, donde hoy hay tres viviendas completamente adaptadas. Allí, entonces, les cedieron un local que transformaron en aulas, un gesto que marcó un punto de inflexión. Entre emocionado y orgulloso, Chuchi recuerda que “ahí empezó AFANDEM porque por primera vez había profesionales, un proyecto más serio y una comunidad que empezaba a organizarse». Aquella etapa estuvo llena de esfuerzo por parte de las familias movilizándose para conseguir recursos, reclamando locales al Ayuntamiento y manteniendo el centro con lo que tenían.
“La paga (refiriéndose a la asignación económica por hijo minusválido a cargo que la Seguridad Social ingresaba directamente a los padres para ayudarles con la crianza y el cuidado de un hijo con discapacidad) que nos daban para cuidar a los niños la usábamos para sufragar las necesidades del centro” explica Chuchi.
El compromiso de las familias era absoluto, menciona, mientras relata, por ejemplo, cómo las madres limpiaban para agilizar el trabajo, mientras los hombres ponían ladrillos o instalaban las rozas de la luz. También recuerda cómo las tómbolas de esos años servían para recaudar fondos, y, mientras asoma una carcajada, cómo un año una de esas tómbolas terminó bajo la lluvia, obligándoles a recogerlo todo a contrarreloj, una escena que se dibuja como símbolo de una época en la que nada les detenía.
El legado de quienes abrieron camino
Rafaela del Amo, conocida como ‘Rafi’, aporta una mirada igual de valiosa. Habla con orgullo de cómo siempre llevaron a su hijo a cualquier sitio y reivindica el papel de la asociación en el avance social. “AFANDEM fue abriendo caminos para las generaciones de ahora”, resume, aportando una idea que conecta directamente con el legado que hoy mantiene viva a Fundación AMÁS.
La fuerza de AFANDEM también se vió en la calle. Los vecinos apoyaban las manifestaciones, participaban en carreras populares y en fiestas en el Parque Finca Liana, creando un movimiento social que trascendía los muros del centro. En 1978, la asociación dió un paso decisivo al fundar FADEM, que más tarde sería FEAPS Madrid y hoy Plena Inclusión Madrid. Aquello permitió unir a los pueblos del sur de Madrid y construir una voz colectiva para dirigirse a la Comunidad de Madrid. Chuchi lo recuerda como un momento clave y explica que “era importante unirse porque entraron varios pueblos del sur de Madrid y creamos unas directrices para dirigirnos a la Comunidad de Madrid”.
Hoy, cuando mira atrás, reconoce cuánto ha cambiado la sociedad. Habla de la Atención Temprana como algo que entonces era impensable y afirma que “si nuestro hijo hubiese tenido una buena atención temprana hubiese sido diferente su forma de ser”. Hablar de la Atención Temprana es hablar también de una lucha colectiva de las familias que impulsaron un cambio que transformó la vida de muchas personas. «La Atención Temprana ha sido una lucha hasta que se consiguió», cuenta. Una reivindicación que marcó a toda una generación de familias.
Con la creación de Fundación AMÁS llegó la profesionalización de muchos de los servicios prestados. “AFANDEM tenía muchos profesionales, los cuales siguen estando hoy en día”, destaca de ellos Chuchi. Cuando piensa en el futuro, desea que “la integración de las personas con discapacidad sea total en la sociedad”. Lo dice con la serenidad de quien ha visto avanzar derechos que antes no existían y con el orgullo de saber que su familia ha formado parte de ese camino. Rafi, por su parte, completa este deseo con una petición directa. “A las nuevas generaciones les pediría un poco más de humanidad y que sigan la estela que hizo AFANDEM y sus valores”.
Cincuenta años después, AFANDEM sigue siendo el reflejo de una comunidad que aprendió a avanzar unidos. Lo que nació como un gesto urgente de unas pocas familias se convirtió en un movimiento que no ha dejado de crecer. Hoy, bajo el paraguas de Fundación AMÁS, esa historia continúa avanzando con la misma fuerza que impulsó a quienes estuvieron al principio, una fuerza que sigue recordándonos que el futuro se construye cuando una comunidad decide caminar unida y con un mismo objetivo.